PRESIDENTE ASISTE A UNA MISA Y CUANDO VE QUE UNA FORMA CONSAGRADA CAE AL SUELO POR EL VIENTO. MIRA LO QUE HACE. (VIDEO)

Andrzej Duda ganó el 24 de mayo del 2015 en segunda vuelta las elecciones presidenciales polacas con un programa claramente pro familia y provida.

El domingo asistió a misa en la festividad el Corpus Christi, cuando una Sagrada Forma cayó al suelo arrastrada por el viento. La espontaneidad de su gesto, que sorprendió a los escoltas (a quienes se ve salir tras él), muestra una profunda fe en la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía

Fuente :https://www.youtube.com/watch?v=vm4eNLiexKU

 

San Pedro Fabro, 02 agosto

Pedro Fabro fue al primero que reclutó San Ignacio. Nació el 13 de abril de 1506 en el pueblo de Villarejo, Saboya. Sus padres fueron Luis Fabro y María Perisín dueños de importantes rebaños de ovejas. “Hacia los 10 años, dice él en su memorial, sentí deseos de estudiar. No podía ser pastor y quedarme en el mundo, como deseaban mis padres. Me harté de llorar, para que me concedieran ir a la  escuela. A lo que accedieron contra sus propias intenciones”. A una legua de Villarejo estaba Thones, en cuya escuela comenzó a estudiar. Aprendió pronto a leer y a escribir, lo que allí le podían enseñar y al año siguiente fue a La Roche, a una docena millas, donde permaneció hasta que se trasladó a la Universidad de París en 1525.

Pedro llegó a la capital Francesa en octubre de ese año y residía en el Colegio de Santa Bárbara, donde fue compañero de habitación de San Francisco Javier quien venía de Navarra y tenía la misma edad de Pedro.  Ambos se dieron a sus estudios, comenzando con la filosofía y luego la teología. En octubre de 1529 aceptaron a otro compañero de habitación, Ignacio de Loyola, que había vivido en París más de un año, y de quien se decía que cualquiera que entrara en contacto con él invariablemente mejoraba su vida.

Ignacio tenía problemas con el griego por lo que Pedro le ayudaba con Aristóteles. Pedro guió a Ignacio en materia académica mientras Ignacio guió a Pedro en materia espiritual. A los veintitantos años todavía estaba indeciso sobre su futuro. ¿Debía ser abogado? ¿Profesor? ¿Sacerdote? ¿Monje? Ahí en París se enteró del plan de Ignacio de seguir a Cristo y eso era lo que Pedro necesitaba para darle sentido a su vida. Guiado por Ignacio decidió convertirse en sacerdote, y poco antes de su ordenación Ignacio le predicó los ejercicios espirituales durante 30 días.

Mientras Ignacio guiaba a Pedro también orientaba a  Francisco y a varios estudiantes más. Para cuando Pedro se ordenó, el 30 de mayo de 1534, Ignacio ya había reunido seis individuos dispuestos a  seguir a Cristo en pobreza y castidad y a ir a Jerusalén a trabajar por la conversión de los turcos. El 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de nuestra Señora, Ignacio y sus seis compañeros, se reunieron en la cripta de la capilla de San Dionisio en Montmartre, y mientras el padre Fabro celebraba la Misa — él era  el único sacerdote — todos pronunció sus votos. Su partida a Venecia y de ahí a Tierra Santa estaba planeada para enero de 1537; mientras tanto completarían sus estudios de teología. Si el viaje a Tierra Santa, resultara imposible, entonces irían a Roma a ponerse a disposición del Papa.

Cuando Ignacio regresó a España para un período de convalecencia, el padre Fabro se quedó a cargo del grupo. Abandonaron París en noviembre de 1536 y llegaron a Venecia en enero del año siguiente pero Ignacio había llegado antes que ellos. Mientras esperaban a que se abriera la temporada de viajes a Tierra Santa trabajaron en dos hospitales de la ciudad. En marzo Ignacio envió al padre Fabro y a los demás a Roma para solicitar la aprobación de su viaje al Papa Pablo III. Aunque su santidad les concedió fácilmente el permiso al mismo tiempo les informó que era improbable que el grupo pudiera llegar allá porque la guerra con los turcos era inminente. El padre Fabro y compañero regresaron a Venecia y como los cálculos del Papa resultaron correctos, Ignacio y los demás se dirigieron a Roma en noviembre para ofrecer sus servicios al Papa. El Papa respondió designando al padre Fabro a la Universidad de la Sapienza de Roma, donde fue profesor de teología y Sagrada Escritura hasta mayo de 1539.

En el verano de 1539 el Papa le pidió a los padres Fabro y Laínez, – otro de los primeros jesuitas, que ayudaran al Cardenal Ennio Filonardi en la predicación de la reforma en Parma, donde el clero había caído en la laxitud y los fieles  eran negligentes con la religión. Los dos jesuitas predicaron sobre temas bíblicos, morales y de vida cristiana; los resultados fueron más que visibles. Después de un año de predicación la mayor parte de los parmesanos volvieron a la práctica religiosa, pero el padre Fabro se dio cuenta muy rápido que este éxito no era debido su elocuencia, sino a Dios a través de los ejercicios espirituales.

La estancia del padre Fabro en Parma duró sólo un año. En el verano de 1540 se le ordenó que acompañara al Dr. Pedro Ortiz, representante del emperador Carlos V para el diálogo religioso que se celebraría entre católicos y protestantes en Worms en Alemania. Llegaron en Worms a finales de octubre, y aunque era una ciudad luterana se dedicó a predicar, a confesar y a dar ejercicios espirituales. El diálogo se tardó en empezar y una vez que comenzó el 14 de enero de 1541, sólo duró cuatro días, luego el emperador lo transfirió a Ratisbona. El padre Fabro se trasladó a Ratisbona en febrero y pasó los siguientes seis meses trabajando entre los fieles católicos de la ciudad. Aunque él no estuvo directamente involucrado en las discusiones teológicas,  las seguía de cerca y le enviaba cartas al  P. Ignacio contándole lo que pasaba en la ciudad. El padre Fabro recibía solicitudes de príncipes, prelados y sacerdotes para que les predicara  los ejercicios espirituales y le escribió al P. Ignacio que había suficiente trabajo en Ratisbona como para diez jesuitas más. El desarrollo del diálogo por desgracia, comenzó a disminuir  y cuando llegó el momento de discutir la presencia real de Cristo en la Eucaristía, hubo un punto donde la discusión subió de tono acabando tristemente con las esperanzas del emperador de unificar a católicos y protestantes.

Cuando el padre Fabro y el Dr. Ortiz terminaron su encargo especial, emprendieron el camino a España para dar a conocer a los jesuitas en ese país. Apenas llegaron a Madrid en noviembre de 1541, el padre Fabro comenzó sus misiones y sermones, conferencias y retiros para el clero. Él explicaba el propósito de la Compañía a los prelados españoles y preparaba el camino para que los jesuitas vinieran a España. Sólo dos meses después, en enero de 1542, recibió del Papa Pablo el nombramiento de asistente del cardenal Giovanni Morone, nuncio papal en Alemania, por lo que una vez más tuvo que cruzar Europa a pie. Llegó a Espira, Alemania, en abril, donde siguió su método usual de actividad: sermones, confesiones, retiros. También dio clases sobre los Salmos en la Universidad de Mainz, y mientras estaba allí,  un joven estudiante de teología de Colonia vino a visitarlo, quería saber más acerca de la Compañía. El estudiante era Pedro Canisio, a quien el padre Fabro le predicó los ejercicios espirituales para luego convertirse en un jesuita.

En julio de 1544 el padre Fabro fue asignado a Portugal a petición del rey Juan III,  quería que promoviera el establecimiento de la Compañía en ese país. El padre Fabro pasó los siguientes dos años en Portugal y España. A continuación, en la primavera de 1546,  el Papa Pablo lo nombró uno de los teólogos papales en el Concilio Ecuménico que se celebró en Trento. El padre Fabro volvió a viajar, pero su salud estaba muy deteriorada por los frecuentes ataques de fiebre que había sufrido en los últimos años. Quería visitar al P. Ignacio antes de ir a Trento en el norte de Italia, por lo que partió de Barcelona hacia a Roma a donde llegó el 17 de julio. No había visto a Ignacio en siete años y se saludaron con todo el calor del sol italiano del verano. Antes de que el padre Fabro tuviera la oportunidad de prepararse para ir a Trento, la fiebre lo atacó nuevamente. A los 40 años sabía que su fin estaba cerca y  lo esperó tranquilamente. El 31 de julio hizo su última confesión, la mañana del 1 de agosto escuchó la misa y recibió los últimos sacramentos. Esa tarde acompañado por el  P. Ignacio, el querido padre Fabro partió a la presencia de Dios en compañía de los ángeles a quienes les tenía especial devoción. El padre Fabro fue enterrado en la Iglesia de nuestra Señora del Camino en Roma pero cuando se erigió en el mismo lugar la Iglesia del Gesù en 1569, los restos de padre Fabro, al igual que el de otros primeros jesuitas, fueron reubicados.

El 5 de septiembre de 1872, el Papa Pío IX, reconociendo el culto que se le venía dando en su nativa Saboya, lo declaró beato. Papa Francisco anunció la canonización de Pedro Faber el 17 de diciembre de 2013. Su memoria se celebra el 2 de agosto.

San Onofre, 12 junio

San Onofre (* alrededor de 320 en Etiopía, † en torno al año 400 quizás en Siria) es un santo muy honrado y recordado hoy en día por los cristianos coptos.

Al parecer San Onofre fue hijo de un rey egipciaco o abisinio y que vivió en el siglo IV. El diablo logró que su progenitor lo entregara a las llamas como prueba de si era o no hijo adulterino. Onofre, igual que el profeta Daniel, resultó ileso.

Ya de niño entró en un convento de la Tebaida egipciaca (monjes que vivían en el desierto). De adulto abandonó el cenobio y marchó a vivir de ermitaño. La tradición relata que un pilar de llamas le acompañó en el itinerario hacia lo que sería su ermita. Sólo comía dátiles y agua. Como vestimentas únicamente poseía sus propios cabellos. Un ángel le daba pan a diario y los domingos también la comunión. Sobrevivió de esta guisa durante 60 años.

Pafnucio fue discípulo suyo y en una de sus visitas a los eremitas, lo encontró en un estado deplorable de salud con su cuerpo deformado, barba canosa y cabellos de gran longitud; le hizo compañía hasta que falleció a las pocas horas para, después, con una gran conmoción apostólica en su época, relatarnos cómo era este titán de la penitencia encarado con los pecados del orbe. Pafnucio puso por escrito la vida y obras de San Onofre.

La tradición añade que cuando murió un coro angélico le rindió honores y alabanzas.

SANTA JUANA DE ARCO, 30 MAYO

Esta santa a los 17 años llegó a ser heroína nacional y mártir de la religión. Juana de Arco nació en el año 1412 en Donremy, Francia. Su padre se llamaba Jaime de Arco, y era un campesino.

Juana creció en el campo y nunca aprendió a leer ni a escribir. Pero su madre que era muy piadosa le infundió una gran confianza en el Padre Celestial y una tierna devoción hacia la Virgen María. Cada sábado la niña Juana recogía flores del campo para llevarles al altar de Nuestra Señora. Cada mes se confesaba y comulgaba, y su gran deseo era llegar a la santidad y no cometer nunca ningún pecado. Era tan buena y bondadosa que todos en el pueblo la querían.

Su patria Francia estaba en muy grave situación porque la habían invadido los ingleses que se iban posesionando rápidamente de muchas ciudades y hacían grandes estragos.

A los catorce años la niña Juana empezó a sentir unas voces que la llamaban. Al principio no sabía de quién se trataba, pero después empezó a ver resplandores y que se le aparecían el Arcángel San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita y le decían: “Tú debes salvar a la nación y al rey”.

Por temor no contó a nadie nada al principio, pero después las voces fueron insistiéndole fuertemente en que ella, pobre niña campesina e ignorante, estaba destinada para salvar la nación y al rey y entonces contó a sus familiares y vecinos. Las primeras veces las gentes no le creyeron, pero después ante la insistencia de las voces y los ruegos de la joven, un tío suyo se la llevó a donde el comandante del ejército de la ciudad vecina. Ella le dijo que Dios la enviaba para llevar un mensaje al rey. Pero el militar no le creyó y la despachó otra vez para su casa.

Sin embargo unos meses después Juana volvió a presentarse ante el comandante y este ante la noticia de una derrota que la niña le había profetizado la envió con una escolta a que fuera a ver al rey.

Llegada a la ciudad pidió poder hablarle al rey. Este para engañarla se disfrazó de simple aldeano y colocó en su sitio a otro. La joven llegó al gran salón y en vez de dirigirse hacia donde estaba el reemplazo del rey, guiada por las “voces” que la dirigían se fue directamente a donde estaba el rey disfrazado y le habló y le contó secretos que el rey no se imaginaba. Esto hizo que el rey cambiara totalmente de opinión acerca de la joven campesina.

Ya no faltaba sino una ciudad importante por caer en manos de los ingleses. Era Orleans. Y estaba sitiada por un fuerte ejército inglés. El rey Carlos y sus militares ya creían perdida la guerra. Pero Juana le pide al monarca que le conceda a ella el mando sobre las tropas. Y el rey la nombra capitana. Juana manda hacer una bandera blanca con los nombres de Jesús y de María y al frente de diez mil hombres se dirige hacia Orleans.

Animados por la joven capitana, los soldados franceses lucharon como héroes y expulsaron a los asaltantes y liberaron Orleans. Luego se dirigieron a varias otras ciudades y las liberaron también.

Juana no luchaba ni hería a nadie, pero al frente del ejército iba de grupo en grupo animando a los combatientes e infundiéndoles entusiasmo y varias veces fue herida en las batallas.

Después de sus resonantes victorias, obtuvo Santa Juana que el temeroso rey Carlos VII aceptara ser coronado como jefe de toda la nación. Y así se hizo con impresionante solemnidad en la ciudad de Reims.

Pero vinieron luego las envidias y entonces empezó para nuestra santa una época de sufrimiento y de traiciones contra ella. Hasta ahora había sido una heroína nacional. Ahora iba a llegar a ser una mártir. Muchos empleados de la corte del rey tenían celos de que ella llegara a ser demasiado importante y empezaron a hacerle la guerra.

Faltaba algo muy importante en aquella guerra nacional: conquistar a París, la capital, que estaba en poder del enemigo. Y hacia allá se dirigió Juana con sus valientes. Pero el rey Carlos VII, por envidias y por componendas con los enemigos, le retiró sus tropas y Juana fue herida en la batalla y hecha prisionera por los Borgoñones.

Los franceses la habían abandonado, pero los ingleses estaban supremamente interesados en tenerla en la cárcel, y así pagaron más de mil monedas de oro a los de Borgoña para que se la entregaran y la sentenciaron a cadena perpetua.

Los ingleses la hicieron sufrir muchísimo en la cárcel. Las humillaciones y los insultos eran todos los días y a todas horas, hasta el punto que Juana llegó a exclamar: “Esta cárcel ha sido para mí un martirio tan cruel, como nunca me había imaginado que pudiera serlo”. Pero seguía rezando con fe y proclamando que sí había oído las voces del cielo y que la campaña que había hecho por salvar a su patria, había sido por voluntad de Dios.

En ese tiempo estaba muy de moda acusar de brujería a toda mujer que uno quisiera hacer desaparecer. Y así fue que los enemigos acusaron a Juana de brujería, diciendo que las victorias que había obtenido era porque les había hecho brujerías a los ingleses para poderlos derrotar. Ella apeló al Sumo Pontífice, pidiéndole que fuera el Papa de Roma el que la juzgara, pero nadie quiso llevarle al Santo Padre esta noticia, y el tribunal estuvo compuesto exclusivamente por enemigos de la santa. Y aunque Juana declaró muchas veces que nunca había empleado brujerías y que era totalmente creyente y buena católica, sin embargo la sentenciaron a la más terribles de las muertes de ese entonces: ser quemada viva.

Encendieron una gran hoguera y la amarraron a un poste y la quemaron lentamente. Murió rezando y su mayor consuelo era mirar el crucifijo que un religioso le presentaba y encomendarse a Nuestro Señor. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción y pronunciando por tres veces el nombre de Jesús, entregó su espíritu. Era el 29 de mayo del año 1431. Tenía apenas 19 años. Varios volvieron a sus casas diciendo: “Hoy hemos quemado a una santa”. 23 años después su madre y sus hermanos pidieron que se reabriera otra vez aquel juicio que se había hecho contra ella. Y el Papa Calixto III nombró una comisión de juristas, los cuales declararon que la sentencia de Juana fue una injusticia. El rey de Francia la declaró inocente y el Papa Benedicto XV la proclamó santa.

Juana de Arco: concédenos un gran amor por nuestra patria.

San Maximino, Obispo, 29 Mayo

Maximino nació al comienzo del siglo IV en Poitiers (Aquitania), al sudoeste de la antigua Galia. Provenía de un hogar muy piadoso.

La santidad de Agricio, obispo de Tréveris, llevó a Maximino a dejar el suelo natal e ir en busca de aquel prelado, para recibir lecciones de religión, ciencias y humanidades. El santo reconoció en el recién llegado una lúcida inteligencia y un firme amor a la doctrina católica, razón por la cual le confirió las sagradas órdenes. En el ejercicio de estas funciones hizo en breve tiempo notables progresos.

Al morir Agricio, conocidos por el pueblo los atributos de Maximino, por voluntad unánime éste fue su sucesor, ocupando la cátedra de Tréveris en el año 332.

Perturbaba en aquel tiempo en la Iglesia el arrianismo, doctrina que negaba la unidad y consustancialidad en las tres personas de la santísima Trinidad; según ellos el Verbo habría sido creado de la nada y era muy inferior al Padre. El Verbo encarnado era Hijo de Dios, pero por adopción.

Contra esta interpretación, que disminuía el misterio de la encarnación y el de la redención del hombre, se levantó Atanasio, obispo de Alejandría, que se había de constituir en el campeón de la ortodoxia.

Reinaba entonces el emperador Constantino el Grande, a quien los herejes engañaron acumulando calumnias sobre Atanasio, y así lograron que lo desterraste a Tréveris en el año 336. Allí Maximino lo recibió con evidencias de la veneración que le profesaba y trató por todos los medios de suavizar la situación del desterrado. Lo mismo hizo con Pablo, obispo de Constantinopla, también forzado a ir a Tréveris después de un remedo de sínodo arriano. Al morir Constantino, el hijo mayor, Constantino el Joven, su sucesor en Occidente, devolvió a Atanasio la sede de Alejandría.

En el año 345, Maximino concurrió al concilio de Milán, donde los arrianos, cuyo jefe era Eusebio de Nicomedia, fueron otra vez condenados. Considerado indispensable para cimentar la paz de la Iglesia celebrar un nuevo concilio ecuménico. Maximino lo propuso al emperador Constante; éste, hallándolo conveniente, escribió a su hermano Constantino, concertándose para tal reunión la ciudad de Sárdica (hoy Sofía, capital de Bulgaria).

Los arrianos quisieron atraer al emperador a su secta y justificar la conducta seguida contra Atanasio. Pero Maximino alertó al emperador, defendiendo así al obispo sin culpa; y Atanasio fue nuevamente restablecido.

Vuelto a su Iglesia, Maximino hizo frente a las necesidades, socorriendo a los pobres. Su familia residía en Poitiers y allá fue a visitarlos, pero murió al poco tiempo en esa ciudad, en el año 349. La fecha de hoy recuerda la traslación de sus reliquias a Tréveris.

SAN BEDA EL VENERABLE, 25 MAYO

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Y es así que, muy interesado en la historia eclesiástica de Bretaña, especialmente en la raza de los ingleses, yo, Beda, sirviente de Cristo y sacerdote del monasterio de los benditos apóstoles San Pedro y San Pablo, el cual se encuentra en Wearmouth y Jarrow (en Northumbria), con la ayuda del Señor he compuesto, cuanto he logrado recabar de documentos antiguos, de las tradiciones de los ancianos y de mi propio conocimiento. Nací en el territorio del monasterio ya mencionado, y a la edad de siete años fui dado, por el interés de mis familiares, al reverendísimo abad benedictino Biscop, y después a Ceolfrid, para recibir educación. Desde entonces he permanecido toda mi vida en dicho monasterio, dedicando todas mis penas al estudio de las Escrituras, a observar la disciplina monástica y a cantar diariamente en la iglesia, siendo siempre mi deleite el aprender, enseñar o escribir. A los diecinueve años, fui admitido al diaconado, a los treinta al sacerdocio, ambas veces mediante las manos del reverendísimo obispo Juan [san Juan de Beverley], y a las órdenes del abad Ceolfrid. Desde el momento de mi admisión al sacerdocio hasta mis actuales 59 años me he esforzado por hacer breves notas sobre las sagradas Escrituras, para uso propio y de mis hermanos, ya sea de las obras de los venerables Padres de la Iglesia o de su significado e interpretación.

Después de esto, Beda inserta una lista de Indiculus, de sus anteriores escritos y, finalmente, termina su gran obra con las siguientes palabras:

Y os ruego, amoroso Jesús, que así como me habéis concedido la gracia de tomar con deleite las palabras de vuestro conocimiento, me concedáis misericordiosamente llegar a ti, la fuente de toda sabiduría, y permanecer para siempre delante de vuestro rostro.

Es evidente, en la carta de Beda al obispo Egberto, que el historiador visitaba ocasionalmente a sus amigos durante algunos días, alejándose del monasterio de Jarrow; pero salvo esas raras excepciones, su vida parece haber transcurrido como una pacífica ronda de estudios y oración dentro de su propia comunidad. El cariño que ésta le tenía queda manifiesto en el conmovedor relato de la última enfermedad y la muerte del santo, legada a nosotros por Cuthbert, uno de sus discípulos. Su búsqueda del conocimiento no fue interrumpida por su enfermedad y los hermanos le leían mientras él estaba en cama, pero la lectura era reemplazada constantemente por las lágrimas. “Puedo declarar con toda verdad,” escribe Cuthbert sobre su amado maestro, “que nunca vi con mis ojos, ni oí con mis oídos a nadie que agradeciera tan incesantemente al Dios vivo. Incluso el día de su muerte (la vigilia de la Ascensión de 735) el santo estaba ocupado dictando una traducción del Evangelio de San Juan. Al atardecer, el muchacho Wilbert, que la estaba escribiendo, le dijo: “Hay todavía una oración, querido maestro, que no está escrita.” Y cuando la hubo entregado, y el muchacho le dijo que estaba terminada, “Habéis hablado con verdad…”, contestó Beda, “…está terminada. Tomad mi cabeza entre vuestras manos, pues es de gran placer sentarme frente a cualquier lugar sagrado donde haya orado, así sentado puedo llamar a mi Padre.” Y así, sobre el suelo de su celda, cantando “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, y el resto, exhaló su último aliento.

El calificativo Venerabilis parece haber sido agregado al nombre de Beda antes de haber transcurrido las dos generaciones posteriores a su muerte. Por supuesto, no existe una autoridad anterior que corrobore la leyenda repetida por Fuller acerca del “monje torpe” que al componer un epitafio sobre Beda se quedó sin palabras para completar la frase Hac sunt in fossa Bedae… ossa y a la mañana siguiente se encontró con que los ángeles habían llenado el espacio con la palabra venerabilis. El calificativo es utilizado por Alcuin, Amalarius y al parecer por Paulo el Diácono, y el importante Consejo de Aachen de 835 lo describe como venerabilis et modernis temporibus doctor admirabilis Beda. Este decreto se mencionaba especialmente en la petición que el Cardenal Wiseman y los obispos ingleses enviaron a la Santa Sede en 1859, rogando que Beda fuera declarado Doctor de la Iglesia. El tema ya había sido discutido antes de la época de Benedicto XIV, pero no fue hasta el 13 de noviembre de 1899 que León XIII decretó que el 27 de mayo toda la Iglesia debía celebrar la fiesta del Venerable Beda, con el título de Doctor Ecclesiae. Durante toda la Edad Media se había celebrado en York y en el Norte de Inglaterra el culto local al Santo Beda, pero la fiesta no era tan popular en el sur, donde se seguía la Liturgia de Sarum.

La influencia de Beda entre los eruditos ingleses y extranjeros fue muy grande, y probablemente habría sido mayor si los monasterios del norte no hubieran sido devastados por las invasiones Danesas menos de un siglo después de la muerte de Beda. En innumerables formas, pero especialmente por su moderación, amabilidad y gran visión, Beda se distingue entre sus contemporáneos. En lo referente a erudición, indudablemente fue el hombre más sabio de su tiempo. Una característica muy notable, observada por Plummer (I, p. xxiii), es su sentido de propiedad literaria, una particularidad extraordinaria en esa época. Él mismo anotaba escrupulosamente en sus escritos los pasajes que había tomado prestados de otros e incluso rogaba a los copistas de sus obras que conservaran las referencias, una recomendación a la que ellos pusieron muy poca atención. A pesar de lo elevado de su cultura, Beda aclara repetidamente que sus estudios están subordinados a la interpretación de las Escrituras. En su “De Schematibus” lo dice así: “Las Sagradas Escrituras están sobre todos los demás libros, no sólo por su autoridad Divina, o por su utilidad pues son una guía hacia la vida eterna, sino también por su antigüedad y su forma literaria” (positione dicendi). Tal vez el mayor tributo al genio de Beda es que con una convicción tan desprovista de compromiso y tan sincera de que la sabiduría humana es inferior, haya podido adquirir tanta cultura verdadera. Aunque el Latín fue para él una lengua todavía viva, y aunque no parece haber volteado conscientemente hacia la Era de Augusto de la Literatura Romana que preservaba modelos más puros de estilo literario que la época de Fortunato o San Agustín, ya sea por genio natural o por el contacto con los clásicos, Beda es extraordinario por la relativa pureza de su lenguaje y también por su lucidez y sobriedad, especialmente en temas de crítica histórica. En todos estos aspectos presenta un marcado contraste con san Aldhelm quien se aproxima más al tipo Celta.