San Jose María Escrivá en las Catacumbas de San Calixto

San Josemaría nos guía por las catacumbas de Roma para que apreciemos las hazañas, verdaderamente recias, que llevaron a cabo aquellos primeros cristianos. Con una confianza segura en la ayuda de Dios, sin hacer cosas raras, entraron en todas partes: en el foro, en los palacios, hasta en la casa del emperador.

La persecución ordenada por Nerón en el año 64 condujo al martirio a una gran cantidad de cristianos. Fue una dura prueba para la joven Iglesia de Roma, que desde ese momento tuvo que afrontar además una terrible campaña de calumnias y desprestigio entre el vulgo. Los cristianos eran calificados de ateos –se negaban a dar culto al emperador–, peligrosos para la unidad del Imperio y enemigos del género humano; y se les atribuían las peores atrocidades: infanticidios, antropofagia y desórdenes morales de todo tipo. Tertuliano (160-220) lo describía así: “No hay calamidad pública ni males que sufra el pueblo de que no tengan la culpa los cristianos. Si el Tíber crece y se sale de madre, si el Nilo no crece y no riega los campos, si el cielo no da lluvia, si tiembla la tierra, si hay hambre, si hay peste, un mismo grito enseguida resuena: ¡los cristianos a las fieras!” 1.

Hasta el 313, año en que se alcanzó la paz con el Edicto de Milán, la Iglesia vivió perseguida. Es cierto que estas persecuciones no tuvieron siempre la misma intensidad y que, quitando algunos periodos concretos, los cristianos hacían vida normal; pero el riesgo de encontrar el martirio siempre estaba presente: bastaba la acusación de un enemigo para que se diera inicio a un proceso. Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical que implicaba la búsqueda de la santidad y la profesión de la fe, llegando –si fuera necesario– a la entrega de la propia vida. El martirio era considerado entre los fieles un privilegio y una gracia de Dios: una posibilidad de identificarse plenamente con Cristo en el momento de la muerte. Junto a esto, la conciencia de la propia debilidad les llevaba a implorar la ayuda del Señor para saber abrazarlo, si se presentaba la ocasión, y a venerar como modelos a los que habían alcanzado la palma del martirio. Es fácil imaginar cómo emocionaría a la comunidad cristiana de Roma oír los detalles de la muerte santa de sus hermanos en la fe. Estos relatos eran a un tiempo consuelo y fortaleza para los creyentes, y semilla para nuevas conversiones. Las reliquias de los mártires se recogían y sepultaban con devoción, y a partir de ese momento se acudía a ellos como intercesores.

Desde muy antiguo, la ley romana establecía que las necrópolis –ciudades de los muertos, en griego– debían situarse fuera de las murallas de la ciudad. “Al hombre muerto ni se le sepultará ni se le quemará en la Urbe” 2. Los romanos solían incinerar los cuerpos de los difuntos, pero también existían algunas familias que tenían por costumbre enterrar a los seres queridos en campos de su propiedad, costumbre que se fue imponiendo posteriormente por influencia del cristianismo.

Al principio no había separación, y se enterraba juntos a fieles y paganos. A partir del siglo II, gracias a las donaciones de algunos cristianos de buena posición social, la Iglesia comenzó a tener sus propias necrópolis, a las que los fieles comenzaron a llamar cementerios –coimeteria, del griego koimáo, dormir–: lugares donde los cuerpos reposan en espera de la resurrección. Así fueron surgiendo las catacumbas cristianas, que no eran –como a veces se piensa– escondrijos o sitios de reunión para las celebraciones litúrgicas, sino lugares de sepultura donde se custodiaban los restos mortales de los hermanos en la fe. Originariamente, el término catacumba hacía referencia a la zona de la vía Apia que se encuentra entre la tumba de Cecilia Metella y la ciudad de Roma. Con el tiempo, pasó de ser un toponímico a designar en general el cementerio cristiano bajo tierra. En los primeros siglos fueron enterrados en ellas muchos mártires y, junto con las tumbas de San Pedro y San Pablo, las catacumbas pasaron a ser lugares de memoria y veneración muy queridos para los cristianos de Roma. ¡Cuántas veces, en los momentos difíciles, se escaparían a implorar la ayuda de Dios por intercesión de aquellos que habían proclamado el Evangelio con su sangre! Movidos por la devoción, era normal que los fieles quisiesen ser sepultados y esperar la resurrección en compañía de los demás miembros de la comunidad cristiana y, si era posible, cerca de algún Apóstol o de algún mártir.

En la vía Apia
Las Catacumbas de San Calixto se encuentran a la salida de Roma por la vía Apia. En el siglo II, comenzó a utilizarse la zona como lugar de enterramiento, y algunos de sus propietarios, indudablemente cristianos, facilitaron que fuesen enterrados allí otros hermanos en la fe. Por esta época recibió sepultura la joven mártir Cecilia, cuya memoria fue muy venerada desde el momento de su muerte. Perteneciente a una familia patricia, Cecilia se convierte al cristianismo en su juventud. Se casa con Valeriano, a quien también acerca a la fe, y los dos deciden vivir virginalmente. Poco después, Valeriano –que se ocupaba de recoger y sepultar los restos de los mártires– es descubierto y decapitado. Cecilia también es delatada ante las autoridades. Intentan asfixiarla en las calderas de su casa y, tras salir ilesa, es condenada a muerte por decapitación. La ley romana contemplaba que el verdugo podía dar tres golpes con la espada. Cecilia los recibe, pero no muere inmediatamente. Tendida en el suelo, antes de exhalar el último suspiro, tuvo fuerzas para extender tres dedos de la mano derecha y uno de la izquierda, testimoniando hasta el final su fe en el Dios Uno y Trino. Cuando siglos más tarde, en 1599, se inspeccionaron sus reliquias, el cuerpo incorrupto de Santa Cecilia se encontraba aún en esa posición. Maderno la inmortalizó en una escultura que hoy se encuentra en la iglesia de Santa Cecilia en el Trastevere –su antigua casa, donde reposan desde el siglo IX los restos de la santa– y de la que hay una copia en las Catacumbas de San Calixto, en el lugar donde fue inicialmente sepultada.

En el siglo III, el cementerio es donado al Papa Ceferino (199-217), que confía su gestión al diácono Calixto. Nace así el primer cementerio propiedad de la Iglesia de Roma, que un siglo más tarde custodiará ya los restos mortales de dieciséis papas, casi todos mártires. Calixto trabajó al frente de las catacumbas casi veinte años, antes de convertirse en el sucesor del Papa Ceferino como cabeza visible de la Iglesia. Durante ese tiempo, amplió y mejoró la disposición de las áreas principales del cementerio: en especial, la Cripta de los Papas y la Cripta de Santa Cecilia.

Cripta de Santa Cecilia

Cripta de Santa Cecilia

Otro mártir que con su testimonio conmovió a la comunidad cristiana es San Tarsicio. En el siglo IV, San Dámaso Papa grabó sobre su sepulcro la fecha exacta en que recibió el martirio: el 15 de agosto del año 257, durante la persecución de Valeriano. Tarsicio era un adolescente que ayudaba como acólito a repartir la Comunión entre los cristianos presos en las cárceles. Aquel 15 de agosto fue descubierto, apresado y amenazado para que entregara las Sagradas Formas. Tarsicio se negó, y prefirió morir lapidado a permitir la profanación del Cuerpo de Cristo.

Con la paz de Constantino, las catacumbas continúan siendo lugares de sepultura, y también se convierten en meta de peregrinación. Sin embargo, en el siglo V, tras el saqueo de Roma llevado a cabo por Alarico, aumenta la inseguridad en el exterior de las murallas de la ciudad y serán cada vez menos frecuentadas. En el siglo IX, se decide llevar los huesos de los santos a las iglesias que están dentro de la ciudad; y durante la Edad Media las catacumbas van cayendo progresivamente en el olvido: nadie acude a esos lugares y en muchos casos se pierde la memoria de su ubicación.

Aunque el interés por las catacumbas renace a partir del siglo XV, habrá que esperar hasta el XIX para que vuelvan a ser valoradas como lugar santo y tesoro de la cristiandad. Giovanni Battista De Rossi, fundador de la arqueología cristiana moderna y redescubridor de las Catacumbas de San Calixto, cuenta en sus memorias cómo convenció a Pío IX para visitar las excavaciones. Cuando llegaron a la Cripta de los Papas, De Rossi le explicó las inscripciones y le mostró la lápida que San Dámaso hizo colocar en el siglo IV con los nombres de los sucesores de Pedro martirizados y allí sepultados. Fue entonces cuando Pío IX tomó conciencia de dónde se encontraba. Con los ojos brillantes por la emoción, se arrodilló y estuvo un rato absorto en oración. Era la primera vez, después de casi mil años, que un Papa volvía a poner los pies en este lugar santificado por la sangre de los mártires.

4 de julio de 1946
Al poco de llegar a Roma, san Josemaría comentó su deseo de ir a rezar a las catacumbas. “¿Veis que no estamos solos?”, decía a sus hijos durante el encierro en la Legación de Honduras, años antes. “Como los primeros fieles en la quietud de las catacumbas romanas, podemos clamar: “Dominus illuminatio mea et salus mea, quem timebo?” (Sal 26,1); el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Sólo así podemos explicarnos las hazañas, verdaderamente recias, que llevaron a cabo aquellos primeros cristianos. Con una confianza segura en la ayuda de Dios, sin hacer cosas raras, entraron en todas partes: en el foro, en los palacios, hasta en la casa del emperador”3.

El 4 de julio de 1946 san Josemaría fue a primera hora de la mañana a las Catacumbas de San Calixto. El fundador del Opus Dei celebró la Santa Misa en la Cripta de los Papas, y don Álvaro del Portillo en la de Santa Cecilia. Después visitaron las Catacumbas de San Sebastián y los primitivos sepulcros de los Apóstoles.

Sepulcro del Siglo IV

Sepulcro del Siglo IV

Desde los comienzos de la Obra, a san Josemaría le gustaba citar a los primeros cristianos como modelo y ejemplo para explicar la vida de los fieles del Opus Dei. No en vano, los calificaba como “predecesores nuestros, en el viejo y novísimo apostolado de la Obra”4. Se calcula que el número de sepulturas cristianas en las catacumbas de San Calixto ronda las quinientas mil. La mayor parte son tumbas sencillas, con algún simple grabado para distinguirlas. A partir del siglo IV –acabada la persecución–, se hacen más frecuentes las inscripciones en las lápidas. Junto al nombre, como para señalar un elemento característico de la vida de esa persona, se solía indicar la profesión. Allí había panaderos, carpinteros, sastres, pintores, maestros, médicos, abogados, funcionarios del Estado, soldados…; un claro reflejo de la variedad de oficios de los cristianos, que –como dice San Agustín– mezclados entre los demás hombres corrientes, hacían la vida de todos, pero animados “por una fe distinta, una esperanza distinta y un amor distinto”5. ¡Cómo disfrutaría san Josemaría pensando en aquellos predecesores en la fe que buscaban la santidad en medio del mundo, al tiempo que eran fermento en la masa de la sociedad! El amor y la veneración que sentía hacia ellos, le llevaba a ponerles muchas veces como ejemplo en su predicación: “no tengo otra receta para ser eficaz que la que tenían los primeros cristianos. No hay otra, mis hijos”6.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei se refirió en numerosas ocasiones a pinturas o grabados presentes en las catacumbas para ilustrar temas como el amor a la Virgen, la fraternidad, o la unidad con el Papa, que ya testimoniaban gráficamente los fieles de los primeros siglos. No obstante, si hubiese que destacar una imagen de los primeros cristianos que le enamorara especialmente, seguramente habría que hablar del Buen Pastor.

En el cuarto de trabajo de san Josemaría en Villa Tevere se puso una lápida de travertino con una reproducción del Buen Pastor que se encuentra en las catacumbas, y estos versos de Juan del Enzina: “tan buen ganadico, / y más en tal valle, / placer es guardalle. / Y tengo jurado / de nunca dejalle, / mas siempre guardalle”. “Desde el primer día, desde aquel 2 de octubre de 1928, siento el impulso divino, paterno y materno, hacia vosotros y hacia vuestras vidas. Nada de ninguno de vosotros me es extraño, ni de esos miles de hijas e hijos míos que no conozco” 7.

Le gustaba hablar del Buen Pastor para fomentar nuestra preocupación apostólica por todas las almas: “Señor, tengo un puñal clavado en el corazón: la necesidad de ayudarlos. Ve Tú mismo detrás de ellos, Buen Pastor, y cárgalos sobre tus hombros; que se reproduzca aquella figura amabilísima que contemplamos en las catacumbas. Cuando el pastor encuentra la oveja que había perdido, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió (Lc 15, 5-6)”8.

Durante su vida, el fundador del Opus Dei no sólo habló del Buen Pastor; también luchó por serlo, encarnando esas palabras que Cristo pronuncia en el Evangelio: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por sus ovejas” 9. Como ha testimoniado el Prelado del Opus Dei, san Josemaría “meditó durante toda su vida las escenas evangélicas del Buen Pastor. Amaba muchísimo esa alegoría y estaba dispuesto a conocer a las ovejas una a una; a dar la vida por ellas; a llevarles a los mejores pastos; y a no dejar de atender a la que se hubiera perdido o detenido en el camino”10.

A la entrada de las Catacumbas de San Calixto, antes de descender las escaleras que llevan a la Cripta de los Papas, se puede ver una imagen del Buen Pastor, copia de la original del siglo IV que ahora se encuentra en el Museo Vaticano. También hay una igual en Villa Tevere, cerca de la Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, donde reposan los restos de san Josemaría. Al verla, son innumerables los recuerdos que evoca: Jesucristo, los primeros cristianos, el Papa, todas las almas…”¡Con qué ternura hablaba Cristo, Señor Nuestro, del Buen Pastor! ¡Cómo lo describe! Nos dice que las ovejas seguían al pastor, y le querían, y se sabían bien cuidadas…” 11.

Fuente: http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/las-catacumbas-de-san-calixto

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