SANTO PADRE PÍO Y SAN JUAN PABLO II, HISTORIA DE UNA AMISTAD.

Hay hechos que nos llevan a pensar que Karol Wojtyla tuvo la suerte de poder ‘comprobar’ personalmente que Padre Pío era verdaderamente un hombre de Dios.

Sabemos que el futuro Papa conoció a Padre Pío en el verano de 1947. Karol Wojtyla era entonces sacerdote desde hacía ocho meses. Estudiaba en Roma. Estaba muy interesado en la teología mística. Era por lo tanto un apasionado de las obras de Santa Teresa de Avila y de San Juan de la Cruz.
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Enviado a Roma para especializarse en teología, eligió para la tesis un argumento que lo llevaba a su pasión: La doctrina de la fe según San Juan de la Cruz. Y, mientras estudiaba en la ciudad eterna, supo que en la región de Puglia vivía un fraile que tenía en su cuerpo los estigmas, la típica señal mística, y decidió ir a verlo.
Al acabar el año escolástico 1946-47, Karol Wojtyla salió para San Giovanni Rotondo, donde encontró a Padre Pío.  Como es sabido, Padre Pío ‘veía’ el futuro. Entre las personas que testimoniaron durante el proceso de su beatificación, muchos han afirmado que poseía extraordinarias y verdaderas dotes de previsión. Su biografía está llena de episodios donde indica cómo iban a acabar los asuntos bélicos, o los sucesos referidos a sus interlocutores. ¿Qué le habrá dicho al joven Wojtyla?
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En los días de su elección como Pontífice, en octubre de 1978, en Roma circulaban voces curiosas sobre aquel lejano encuentro con Padre Pío. Se decía que el fraile de los estigmas le predijo entonces que se convertiría en Papa. Recuerdo que un anciano sacerdote polaco me explicó aquellos días en Roma, que Karol Wojtyla en su juventud aludía a menudo a aquella profecía, y lo hacía bromeando, considerándola como una cosa imposible. Pero después de haberse convertido en arzobispo de Cracovia, y de haber sido nombrado cardenal, ya no habló más de ello, como si hubiera empezado a pensar que la profecía se iba a cumplir.
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En mayo de 1981 tuvo lugar el famoso atentado a Juan Pablo II en la Plaza San Pedro. Y en aquella ocasión retornaron las voces de las previsiones proféticas de Padre Pío a Karol Wojtyla. Se decía que el religioso de San Giovanni Rotondo, en 1947, junto a la elección como Pontífice, también le predijo a Wojtyla el atentado. “Veo tu vestido blanco manchado de sangre”, le habría dicho. Pero tampoco de esto ha habido confirmaciones y quizás se trata sólo de pías leyendas. Queda el hecho de que Karol Wojtyla no olvidó nunca el encuentro con Padre Pío de 1947, y demostró siempre que tenía por aquel religioso la más gran consideración.

Una prueba inconfundible de esta incondicional estima la dio en 1962. Wojtyla era entonces un joven obispo. Estaba en Roma por el Concilio Vaticano II. Padre Pío, en aquel periodo estaba en el centro de las polémicas. Sus encarnizados detractores estaban interfiriendo contra él con acusaciones y calumnias. El Padre acababa de ser objeto de una ‘Visita apostólica’, ordenada por el Santo Oficio, al final de la cual se habían tomado severas medidas disciplinarias contra él.
Mientras estaba en Roma, Wojtyla recibió una carta de Cracovia donde se le informaba que a una de sus colaboradoras, la doctora Wanda Poltawska, médica psiquiatra, con la que había trabajado mucho en el sector de la familia, se le había diagnosticado un tumor. Los médicos habían decidido operarla, pero no tenía muchas esperanzas.
Wojtyla sintió un gran dolor. No sólo porque conocía bien a aquella mujer, sino porque la doctora Poltawska era joven y tenía cuatro niñas pequeñas. ¿La medicina no podía hacer nada? Y Wojtyla pensó en Padre Pío. Le escribió una carta explicándole el caso y pidiéndole que rezara por ella.
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Hay un detalle muy significativo ligado a aquella carta, que me fue explicado por la persona que llevó la carta a Padre Pío, Angelo Battisti, que era un empleado de la Secretaría de Estado del Vaticano y a la vez era administrador de la ‘Casa Sollievo della Sofferenza’, el hospital fundado por Padre Pío. La carta escrita a mano por Wojtyla fue entregada a Battisti con el encargo de llevarla a Padre Pío. Battisti fue inmediatamente a San Giovanni Rotondo. Llegó al convento y fue a la celda del Padre y lo encontró sentado en una butaca, sumergido en la oración.
“Le entregué la carta -me explicó Battisti-, y Padre Pío me dijo que la abriera y la leyera. La carta, con fecha del 17 de noviembre, estaba escrita a mano en latín y decía: «Venerable padre, te pido que reces por una madre de cuatro niñas, que vive en Cracovia, en Polonia, (durante la última guerra estuvo cinco años en un campo de concentración alemán) y ahora se encuentra en grave estado de salud, su vida corre peligro a causa del cáncer. Reza para que Dios, con la intervención de la beata Virgen, muestre misericordia por ella y por su familia. En Cristo. Karol Wojtyla».

Padre Pío escuchó mi lectura con la cabeza doblada sobre el estómago. Cuando acabé, se quedó en silencio, después se dirigió hacia mí y dijo que no podía decir que no”.

Battisti, que sabía el valor profético de las palabras de Padre Pío, se quedó sorprendido. ¿Quién era ese Karol Wojtyla del que Padre Pío había dicho: “A éste no se le puede decir que no”? Cuando volvió al Vaticano pidió información pero nadie sabía quién era el joven obispo polaco.

Once días después, Battisti tuvo que volver otra vez a San Giovanni Rotondo con una nueva carta de Karol Wojtyla. También en esta ocasión encontró a Padre Pío en su celda rezando. Le dio la carta y Padre Pío dijo: “Abrela y lee”. Al igual que la precedente estaba escrita a mano y en latín. Decía: “Reverendo padre, la mujer que vive en Cracovia, madre de cuatro niñas, el día 21 de noviembre, antes de la operación, se curó repentinamente. Demos gracias a Dios. Y también a ti, padre venerable, te lo agradezco con todo mi corazón, en nombre de la propia mujer, de su marido y de toda su familia. En Cristo, Karol Wojtyla, Obispo capitular de Cracovia”. Y esta vez, después de haber escuchado la lectura de la carta, Padre Pío dijo: “Angiolino, guarda estas dos cartas que pueden ser útiles en el futuro”. De hecho, son el extraordinario documento de un milagro sorprendente del que fue testimonio directo un obispo que después se convirtió en Papa.

La admiración y la estima por Padre Pío crecieron en Karol Wojtyla. Después de la muerte del religioso, fue uno de los primeros que enviaron cartas a Roma para pedir la apertura de la causa de beatificación. Padre Pío murió en septiembre de 1968. Un año después, en noviembre de 1969, se iniciaron las prácticas para abrir el proceso de beatificación. En 1972 los frailes capuchinos pidieron a muchos obispos una ‘carta postulatoria’, para enviar a Roma y solicitar la causa. Muchos obispos respondieron, y lo hicieron por su propia cuenta, pero Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, implicó a todo el episcopado polaco, enviando a Roma un escrito oficial de la Conferencia Episcopal Polaca, donde se leía que “todos los obispos firmantes, arzobispos y cardenales, están convencidos de la santidad y de la especial misión de Padre Pío, algunos por haberlo visto con los propios ojos, otros por haberlo conocido a través de las palabras de quien lo escuchaba y escribía sobre él”. Y aquella carta, expresión de la entera Iglesia polaca, tenía una importancia especial.

En 1974, Karol Wojtyla, ya cardenal, fue a Italia y quiso ir a San Giovanni Rotondo. Celebró Misa en la iglesia de los Capuchinos y durante el sermón dijo que “tenía todavía en los ojos, al cabo de tantos años, la imagen de Padre Pío, su presencia, la santa misa por él celebrada en el altar lateral, el confesionario donde todavía oía sus palabras”. Y dijo también que “era impresionante, profundo, poder celebrar junto a la tumba del venerado padre, porque siempre, durante toda su vida, no hizo nada más que predicar la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo”.

Ya de Papa, Wojtyla no dejó nunca, cuando se presentaba la ocasión, de expresar con franqueza la propia devoción por Padre Pío. Un día, dirigiéndose a los componentes de un ‘Grupo de Oración’, dijo: “Moveros, si queréis que Padre Pío suba pronto a los altares”.

El 13 de octubre de 1979, recibió en audiencia en el Vaticano a los monaguillos del Seminario romano mayor. Uno recordó a Padre Pío y el Papa respondió con tono de orgullo: “Yo también estuve dos veces en San Giovanni Rotondo”. 

Visitando una parroquia de Roma encontró a un joven salesiano y le preguntó: “¿Usted es sacerdote?”. “No, Santidad, soy un monaguillo de Foggia y le traigo recuerdos de los componentes de los ‘Grupos de oración de Padre Pío’ de aquella ciudad”. Y el Papa, estrechando la mano de aquel joven, dijo: “¡Ah, Padre Pío! Bien, ¡entonces vosotros me ayudaréis!”.
La señora Elena Caffaro, de Roma, una tarde formó parte del grupo de personas admitidas a rezar el Rosario con el Papa, en ocasión del primer sábado del mes, ceremonia que se transmitía en directo por Radio Vaticana. Al final del rosario, la señora fue a saludar al Papa y le dijo: “Santidad, acuérdese de Padre Pío”. El santo Padre respondió: “Yo le rezo siempre a Padre Pío, todos los días”.

Carlo Campanini, un popular cómico que era muy devoto de Padre Pío, me explicó que en 1981 asistió a la misa del Santo Padre en su Capilla privada. Después de la misa estuvo con el Pontífice y le mostró algunas fotografías donde estaba con Padre Pío. El Papa mostró mucho interés y dijo al actor: “Rece para que Padre Pío suba pronto a los altares”.
Monseñor Paolo Carta, que había sido obispo de Foggia, en un encuentro con Juan Pablo II, le dijo: “Soy testimonio de la Santidad de Padre Pío”. El Papa le contestó: “Ah, Padre Pío, que hombre de Dios. Una vez yo también fui a verlo y me confesó”.
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En 1987, cuando el proceso estaba en pleno desarrollo pero iba lentamente, Juan Pablo II fue de visita a San Giovanni Rotondo. Le siguieron muchos periodistas y cámaras de televisión que recogían todos sus movimientos. Quiso ir a rezar a la cripta de la iglesia de los Frailes Capuchinos, a pesar de saber que lo iban a filmar, no dudó ni un momento en arrodillarse delante de la tumba de Padre Pío y quedarse algunos minutos en un profundo recogimiento.
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Padre Pío ahora es santo. Papa Wojtyla celebró la última solemne ceremonia de su investidura oficial a la santidad el  16 de junio del 2002. Y lo hizo con un gran cansancio físico, porque ahora es él el estigmatizado. El sufrimiento se ha alojado en todas las fibras de su cuerpo. Era un atleta, un hombre ágil, y ahora se mueve con mucha dificultad, con muchos dolores en todo su cuerpo. Pero la mirada es clara y serena. Porque sabe que el propio sufrimiento, como el de Padre Pío, ligado a la Pasión de Cristo, son la aurora que precede al sol de la Resurrección.

Fuente: http://santojuanpabloii.blogspot.pe/2012/06/juan-pablo-ii-y-padre-pio-historia-de.html

 

San Pedro de Alcántara le escribe a Santa Teresa de Jesús

Pedro de Alcántara aparece con nombre propio en el Libro de la Vida, sin duda por su indiscutible prestigio espiritual, ya que Teresa apenas cita nombres de sus contemporáneos en un libro que pretendía ser lo más anónimo posible. Este ilustre franciscano  en 1554 obtuvo de la Santa Sede permiso para iniciar una observancia más fiel a la Regla, sobre todo en materia de pobreza.

Teresa lo conoció personalmente en 1560. Dirá que “era ya muy viejo” cuando ella lo conoció, aunque solo tenía 61 años. Hizo del fraile la famosa descripción: parecía “hecho de raíces de árboles”. El encuentro fue en casa de doña Guiomar, lugar al que Pedro de Alcántara acudió para concretar una fundación que iba a realizar en Aldea de Palo. Teresa encontró en él un hombre que hablaba “por experiencia”, y con el que enseguida conectó. Él le confirmó a la Madre el carácter divino de sus experiencias interiores, con lo que serenó su espíritu: «Dejóme con grandísimo consuelo y contento y con que tuviese oración con seguridad y que no dudase de que era de Dios» (V 30, 7).

Con ocasión de la fundación de San José de Ávila, Teresa consulta a Pedro de Alcántara sobre si ha de fundar con renta (como le aconsejaba el dominico Pedro Ibáñez) o si debe renunciar a ella para significar con mayor vigor la pobreza evangélica (Cf V 32, 13). Este le escribirá una enérgica carta haciendo una apología de la pobreza y que en temas de espíritu no busque «parecer de letrados». Así lo hizo la santa esta vez. Más adelante, fue flexible con este tema, y sobre todo, nunca dejó de pedir consejo a letrados, porque le daban seguridad, por su conocimiento de la Sagrada Escritura.

Carta de Pedro de Alcantara
Annales Minorum XIX, pp. 340–341

A la muy magnífica y religiosísima doña Teresa de Ahumada, que nuestro Señor haga santa.

El Espíritu Santo hincha el alma de vuestra merced.

Una suya vi, que me enseñó el señor Gonzalo de Aranda; y cierto que me espanté que vuestra merced ponía en parecer de letrados lo que no es de su facultad; porque si fuera cosa de pleitos o caso de conciencia, bien era tomar parecer de juristas y teólogos; mas en la perfección de la vida, no se ha de tratar sino con los que la viven: porque no tiene ordinariamente uno más conciencia ni buen sentimiento de cuanto bien obra; y en los consejos evangélicos, no hay que tomar parecer, si será bien seguirlos o no, o si son observables o no, porque es ramo de infidelidad. Porque el consejo de Dios no puede dejar de ser bueno, ni es dificultoso de guardar, si no es a los incrédulos y a los que fían poco de Dios, y a los que se gobiernan por prudencia humana; porque el que dio el consejo dará el remedio, pues que lo puede dar.

No hay algún hombre bueno que dé consejo, que no quiera que salga bueno, aunque de nuestra naturaleza seamos malos; ¡cuánto más el soberanamente bueno y poderoso quiere y puede que sus consejos valgan a quien los siguiere! Si vuestra merced quisiera seguir el consejo de Jesucristo de mayor perfección en materias de pobreza, sígalo; porque no se dio más a hombres que a mujeres, y él hará que le vaya muy bien, como ha ido a todos los que le han seguido. Y si quiere tomar consejo de letrados sin espíritu, busque harta renta, a ver si le valen ellos y ella, más que el carecer de ella, por seguir el consejo de Cristo. Que si vemos falta en monasterios de mujeres pobres, es porque son pobres contra su voluntad y por no poder más, y no por seguir el consejo de Cristo; que yo no alabo simplemente la pobreza, sino la sufrida con paciencia por amor de Cristo nuestro Señor, y mucho más la deseada, procurada y abrazada por su amor; porque, si yo otra cosa sintiese o tuviese con determinación, no me tendría por seguro en la fe.

Yo creo en esto y en todo a Cristo Señor nuestro; y creo firmemente que sus consejos son buenos, como consejos de Dios. Y creo que aunque no obliguen a pecado, que obligan a un hombre a ser más perfecto siguiéndolos que no los siguiendo. Digo que le obligan, que lo hacen más perfecto a lo menos en esto, y más santo y más agradable a Dios. Tengo por bienaventurados, como Su Majestad lo dice, a los pobres de espíritu, que son los pobres de voluntad; y téngolo visto, aunque creo más a Dios que a mi experiencia; y que los que son de todo corazón pobres, con la gracia del Señor, viven vida bienaventurada, como en esta vida la viven los que aman, confían y esperan en Dios.

Su Majestad dé a vuestra merced luz para que entienda estas verdades y las obre. No crea a los que la dijeren lo contrario por falta de luz, o por incredulidad, o por no haber gustado cuán suave es el Señor a los que le temen y aman, y renuncian por su amor todas las cosas del mundo no necesarias, para su mayor gloria; porque son enemigos de llevar la cruz de Cristo y no creen la gloria que después de ella se sigue.

Y asimismo dé la luz a vuestra merced para que en verdades tan manifiestas no vacile ni tome pareceres, sino de seguidores de los consejos de Cristo, que, aunque los demás se salven si guardan lo que son obligados, comúnmente no tienen luz para más de lo que obran; y aunque su consejo sea bueno, mejor es el de Cristo Señor nuestro, que sabe lo que aconseja y da favor para cumplirlo, y da al fin, el pago a los que confían en él y no en las cosas de la tierra.

Fuente: https://delaruecaalapluma.wordpress.com/2016/10/19/pedro-de-alcantara-escribe-a-la-madre-teresa/

Santos Mártires en Canadá, 19 Octubre

martires en canada.jpgOcho fueron los santos mártires de Canadá, que a comienzos del siglo XVII dieron sus vidas por la evangelización de las poblaciones indígenas que habitaban las regiones donde hoy se encuentran las ciudades de Quebec y Montreal.

Los primeros en llegar fueron misioneros franciscanos, pero en 1623 llegaron a Canadá los jesuitas, quienes se dedicaron con entusiasmo a la misión entre los indios hurones y a la fundación de los poblados de San José, San Ignacio, San Luis y Santa María.

En 1642, estas misiones fueron atacadas por los temibles iroqueses, que vivían al sur de los lagos San Lorenzo y del Ontario y se desencadenó una guerra implacable durante la cual fueron hechos prisioneros el Padre Isaac Jogues, y el hermano Renato Goupil, que fue muerto por un indio, enfurecido por verlo predicar a los verdugos. El padre Jogues, después de trece meses de cautiverio fue bárbaramente mutilado y perdió la vida en el martirio junto con otro sacerdote jesuita, el Padre Juan Ladande.

Después de un período de paz, los iroqueses ocuparon nuevamente el país hurón y arrasaron la misión de San José, dando muerte al Padre Antonio Daniel. Más tarde devastaron San Ignacio, San Luis y Santa María, dando muerte en martirio a los Padres Juan Brébeuf y Daniel Lalemant.

Después fue devastada la misión de San Juan Bautista, matando al Padre Carlos Garnier. También murió el Padre Natal Chabanel, quien poco antes había dicho: “Esta vida vale poco; en cambio, la felicidad del cielo no me la podrán arrebatar los iroqueses”.

La lista de estos 8 santos es la siguiente:
Natal Chabanel;
Juan Brébeuf;
Isaac Jogues;
Renato o René Goupil;
Juan de La Lande;
Antonio Daniel;
Gabriel Lalement y
Carlos Garnier.

 

Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/34810/mrtires-de-canad-santos.html

 

 

El día en que las mujeres piadosas de Jerusalén le pidieron a San Lucas que hiciera una pintura de la Madre de Dios.

san lucas.jpgNo se conoce el origen de ésta imagen milagrosa que por muchos siglos ha estado íntimamente relacionada con la historia del pueblo polaco.

Según una leyenda, después de la crucifixión de Jesús, cuando la Virgen María se trasladó a la casa de San Juan, llevó consigo algunos artículos personales, entre ellos una mesa hecha por el mismo Redentor en el taller de San José. Se cuenta que, cuando las mujeres piadosas de Jerusalén le pidieron a San Lucas que hiciese una pintura de la Madre de Dios; fue la parte superior de esta mesa la que el Apóstol utilizó para pintar la imagen. Mientras aplicaba los broches y la pintura, San Lucas escuchó con atención como la Madre de Jesús hablaba de la vida de su Hijo; muchos de estos hechos fueron plasmados en su Evangelio.

La leyenda cuenta que la imagen permaneció en los alrededores de Jerusalén hasta que fue descubierta por Santa Elena, en el siglo cuarto. El cuadro, junto con otras reliquias, fue trasladado a la ciudad de Constantinopla, donde el hijo de Santa Elena, el Emperador Constantino el Grande, erigió una Iglesia para su entronización.  La imagen de la Madre de Dios y el Niño fue honrada por el pueblo. 

Cuando los Saracenos invadieron la ciudad, los senadores y ciudadanos cargaron la preciada imagen en procesión por las calles. Los Saracenos se llenaron de pánico y huyeron en consternación.

Más tarde, durante el terrible reinado del Emperador Izauryn, quien rechazaba los objetos sagrados y había destruido muchos a fuego, la imagen fue salvada por su esposa, la Emperatriz Irene, quien demostró una gran astucia al esconder la imagen de la Virgen en el palacio del Emperador, lugar donde los enemigos de Nuestra Señora nunca pensarían en buscarla.

La imagen permaneció en Constantinopla por quinientos años, hasta que se convirtió en objeto de varios dotes y así fue, eventualmente, a parar en Rusia y la región rusa que más tarde se convirtió en la actual Polonia.

Después de que la imagen vino a formar parte de las posesiones del príncipe polaco, San Ladislao, fue instalada en un lugar especial de su palacio en Belz. Poco tiempo después, cuando el castillo fue asediado por los Tártaros, una flecha enemiga penetró en la Capilla por una ventana hasta el icono, causando un rasguño en la garganta de la Virgen María. La lesión permanece hasta el día de hoy, a pesar de los muchos intentos hechos a través de los años para repararla.

Las crónicas narran que San Ladislao se determinó a salvaguardar la imagen de las subsecuentes invasiones de los Tártaros trasladándola a Opala, su ciudad natal, donde estaría más segura. Este viaje lo llevó hasta Czestochowa, lugar donde decidió pasar la noche. Durante esta breve pausa de su viaje, la imagen fue trasladada a Jasna Gora (que significa “colina luminosa”). Ahí fue colocada en una pequeña Iglesia de madera llamada La Asunción. A la mañana siguiente, después de haber colocado la imagen con sumo cuidado en su vagón correspondiente, los caballos se rehusaban a moverse. Aceptando esto como una señal del cielo de que la imagen había de permanecer en Czestochowa, San Ladislao hizo regresar la imagen solemnemente, a la Iglesia de la Asunción. Esto ocurrió el día 26 de agosto de 1382, día que aún se observa como fiesta de la imagen de Nuestra Señora. Dado que fue el deseo de San Ladislao que la imagen fuese custodiada por los más santos varones, ordenó la construcción de una Iglesia y monasterio de los Padres Paulinos, quienes devotamente se han encargado de su cuidado por los últimos seis siglos.

Habiendo escapado de la furia del Emperador Izauryn, y el daño causado por la flecha de los tártaros en la garganta de la Virgen María, la imagen fue puesta en peligro por los husitas, quienes abrazaron herejías extravagantes. Estos últimos invadieron el monasterio de los Padres Paulinos en 1430 y saquearon el suntuoso santuario. Entre los objetos robados estaba la imagen de Nuestra Señora. Después de haberla colocado en el vagón, los husitas avanzaron tan sólo una corta distancia antes de que los caballos se rehusaran a caminar. Recordando que un incidente similar había ocurrido a San Ladislao hacía unos cincuenta años atrás, y dándose cuenta de que la imagen había sido la causa, los herejes arrojaron la imagen al suelo. Ésta se quebró en tres pedazos. Uno de los ladrones sacó su espada, golpeó la imagen y le causó dos cortaduras profundas. Cuando se preparaba para golpearla por tercera vez, cayó al suelo y se retorció en agonía, hasta que murió. Las dos cortaduras en la mejilla de la Virgen, junto con el daño causado anteriormente por la lanza en su garganta, han reaparecido siempre a pesar de los repetidos intentos de restauración.

La imagen estuvo nuevamente en peligro en el año 1655. En aquel entonces, 12,000 suecos se enfrentaron a los 300 hombres que protegían el santuario. Aunque grandemente superados en número, los protectores de la Virgen lograron un gran éxito derrotando a los enemigos. Al año siguiente, la Virgen María fue aclamada como Reina de Polonia.

Cercano a nuestros tiempos, el día 14 de septiembre de 1920, cuando el ejército ruso se estableció en el Río Vístula y se preparaba para invadir la ciudad de Varsovia, el pueblo recurrió a la Virgen María. Al día siguiente, fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, el ejército ruso se retiró después que la imagen de la Virgen apareció en una nube sobre la ciudad. En la historia de Polonia, ésta victoria es conocida como El Milagro de Vístula.

Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes invadieron y capturaron Polonia. Después de haberse tomado la ciudad de Varsovia, una de las órdenes de Hitler fue la de suspender y cancelar todas las peregrinaciones ya que estas fortalecían al pueblo polaco. En demostración al amor por Nuestra Señora y la confianza en su protección, medio millón de polacos secretamente viajaron hasta el santuario en contra de las órdenes de Hitler. Después de la liberación de la ciudad en el año 1945, un millón y medio de personas expresaron su gratitud a Nuestra Señora rezando frente a su imagen milagrosa.

Veintiocho años después del primer intento del ejército ruso por capturar la ciudad, lograron esclavizar al país completo a partir del año 1948. Sin embargo, durante ese año, más de 800,000 personas valientes peregrinaron al santuario durante la fiesta de la Asunción, una de las tres fiestas de la imagen, aunque pasaron bajo la mirada de los soldados comunistas que rutinariamente patrullaban las calles. Hoy día, el pueblo continúa rindiendo honores a la venerada imagen de Nuestra Señora y el Niño, especialmente el día 26 de agosto, día que ha sido reservado para su celebración desde tiempos del Príncipe Ladislao.

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Dado el color tan oscuro de la cara y las manos de Nuestra Señora, la imagen ha sido afectuosamente llamada “la Madona Negra”, frase que nos recuerda del Cantar de los Cantares, “Soy morena pero bella”. Su oscuridad se atribuye a varias condiciones, de las cuales la edad es la primordial.  Otro factor es las pobres condiciones de los lugares donde fue escondida para salvaguardarla; además, infinidad de velas han sido quemadas ante ella, causando que estuviese constantemente rodeada de humo; y ha sido tocada por multitudes.

Sin contar el marco, la imagen es de aproximadamente 19 pulgadas de alto, unas 13 pulgadas de ancho y casi media pulgada de grueso. Hay una tela detrás del cuadro con dibujos y representaciones de su historia y de algunos milagros obtenidos a través de la intercesión de Nuestra Señora.

Los milagros atribuidos a la intercesión de Nuestra Señora de Czestochowa son numerosos y espectaculares. La documentación de estos milagros y curaciones se encuentra preservada en los archivos de los Padres Paulinos en Jasna Gora.

La imagen milagrosa fue reconocida oficialmente por el Papa Clemente XI en el año 1717. La corona dada por el Papa fue utilizada durante la primera coronación oficial de la imagen, pero este símbolo del reinado de Nuestra Señora fue robado en el año 1909. La corona fue reemplazada por una de oro incrustada con joyas, regalada por el Papa San Pío X.

Jan Casmir, Rey de Polonia, quien peregrinó allá en el año 1656. Después de haber colocado su corona a los pies del altar de la Virgen, prometió, “Yo, Jan Casmir, Rey de Polonia, os tomo a Vos como Reina y Patrona de mi reino; coloco a mi pueblo y a mi ejército bajo vuestra protección…” Mayo 3, el día en que se hizo este voto, fue designado por el Papa Pío XI con la fiesta de María bajo el titulo de “Reina de Polonia”.

En tiempos modernos, el Papa Juan Pablo II, ha visitado varias veces a la Virgen de Czestochowa, siendo la primera en el año1979, pocos meses después de haber sido elegido Papa.  También el Papa tiene una réplica de su querida Virgen de Czestochowa en el altar de su capilla privada donde cada día pasa horas en oración. 

La Virgen de Czestochowa, herida en el cuello y en su rostro por sus enemigos, es una elocuente invitación a entregar nuestras vidas para reparar por tantas injurias que se siguen cometiendo contra nuestra Madre Amadísima.

Fuente: http://www.corazones.org/maria/czestochowa.htm

¿Condenado a muerte por tu fe? San Ignacio de Antioquía nos enseña como responder

El Emperador Trajano al principio respetó a los cristianos, pero por gratitud a sus dioses tras su victoria sobre los dacios y escitas, comenzó a perseguir a quienes no los adoraban. Hay una relación legendaria sobre el arresto de San Ignacio y su entrevista personal con el emperador. Sin embargo, desde época muy remota nos llega el interrogatorio al que fue sometido:

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EMPERADOR TRAJANO: “¿Quién eres tú, espíritu malvado, que osas desobedecer mis órdenes e incitas a otros a su perdición?”

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA: “Nadie llama a Teóforo espíritu malvado”

EMPERADOR TRAJANO:  “¿Quién es Teóforo?.

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA:  “El que lleva a Cristo dentro de sí”.

EMPERADOR TRAJANO: “¿Quiere eso decir que nosotros no llevamos dentro a los dioses que nos ayudan contra nuestros enemigos?”

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA: “Te equivocas cuando llamas dioses a los que no son sino diablos”. “Hay un solo Dios que hizo el cielo y la tierra y todas las cosas; y un solo Jesucristo, en cuyo reino deseo ardientemente ser admitido”.

EMPERADOR TRAJANO:  “¿Te refieres al que fue crucificado bajo Poncio Pilato?”.

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA: “Sí, a Aquél que con su muerte crucificó el pecado y a su autor, y que proclamó que toda malicia diabólica ha de ser hollada por quienes ignacio-antioquia.jpglo llevan en el corazón”.

EMPERADOR TRAJANO:   “¿Entonces tú llevas a Cristo dentro de ti?

SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA: “Sí, porque está escrito, viviré con ellos y caminaré con ellos”.

Finalmente cuando lo mandaron a encadenar para llevarlo a morir en Roma, San Ignacio exclamó:

“TE DOY GRACIAS, SEÑOR, POR HABERME PERMITIDO DARTE ESTA PRUEBA DE AMOR PERFECTO Y POR DEJAR QUE ME ENCADENEN POR TI, COMO TU APOSTOL PABLO”.

Fuente: http://www.corazones.org/santos/ignacio_antioquia.htm

Así saludaba Santa Margarita María de Alacoque a Jesús.

SALUTACIONES A JESUCRISTO
Santa Margarita María Alacoque

-Salve, Corazón de mi Jesús, sálvame
-Salve, Corazón de mi Salvador, libértame.
-Salve, Corazón de mi Creador, perfeccióname.
-Salve, Corazón de mi Maestro, enséñame.
-Salve, Corazón de mi Bienhechor, enriquéceme.
-Salve, Corazón de Jesús moribundo en la cruz, expía por mí.
-Salve, Corazón de Jesús en todos tus estados, entrégate a mí.
-Salve, Corazón de incomparable bondad, perdóname.
-Salve, Corazón Caritativo, obra en mí.
-Salve, Corazón Misericordioso, responde por mí.
-Salve, Corazón humildísimo, descansa en mí.
-Salve, Corazón admirable y dignísimo, bendíceme.
-Salve, Corazón pacífico, seréname.
-Salve, Corazón deseable y muy hermoso, embelésame.
-Salve, Corazón Sagrado bálsamo precioso, consérvame.
-Salve, Corazón bendito medicina y remedio de nuestros males, cúrame.
-Salve, Corazón de Jesús, consuelo de los afligidos, consuélame.
-Salve, Corazón todo amor, horno ardiente, consúmeme.
-Salve, Corazón de Jesús, modelo de perfección, ilústrame.
-Salve, Corazón divino, origen de toda felicidad, fortifícame

Fuente: http://www.corazones.org/oraciones/oraciones_jesus/corazon_jesus_salutaciones_alacoque.htm

 

SANTA TERESA DE ÁVILA CONOCE A SAN JUAN DE LA CRUZ Y ESTO ES LO QUE LE PROPONE.

Extraída de la película de Santa Teresa de Jesús.

 

SANTA TERESA DE AVILA Y SAN JUAN DE LA CRUZ

El hecho sucede en Medina del Campo, Santa Teresa de Ávila de (52 años)  manda llamar  a San Juan de la Cruz (24 años) del cual se enteró que estudió en la universidad de Salamanca y que ahora se quiere salir de la Orden para irse a estudiar a Cartujo.

Mientras conversan él manifiesta su desacuerdo con la Orden en cuanto a las acciones que toman sobre él, se siente como un bicho raro.

Ella retoma la conversación pregúntandole sobre si está enterado de la reforma que ha iniciado en la orden de las carmelitas. Él asiente que sí, posteriormente Santa Teresa le comenta que en la última conversación que tuvo con el Padre General de la Orden  lo convenció para que el permiso de formar conventos de carmelitas reformadas no debería solo para monjas sino también para frailes, pidiéndole que  lo esperara hasta que encuentre a la persona adecuada.

Ella le da a entender que él es la persona adecuada, el bicho raro y que trabajaría con Fray Antonio de Heredia  ya que el había sido el que lo había mencionado a San Juan de la Cruz para trabajar con Santa Teresa.

San Juan de la Cruz ansioso hace preguntas sobre la ubicación del convento y los recursos que se van a utilizar.

SANTA TERESA DE AVILA Y SAN JUAN DE LA CRUZ

Santa Teresa muestra su lado humano, diciéndole que no sabe las respuestas que ni ella misma sabe como ha terminado como una albañil del convento.

Solamente le pide que no se marche a Cartujo y que le diga si acepta o no.

Él con la expresión de su rostro acepta diciéndole que prefiere que ella adivine su respuesta.

 

 

 

 

 

San Jose María Escrivá en las Catacumbas de San Calixto

San Josemaría nos guía por las catacumbas de Roma para que apreciemos las hazañas, verdaderamente recias, que llevaron a cabo aquellos primeros cristianos. Con una confianza segura en la ayuda de Dios, sin hacer cosas raras, entraron en todas partes: en el foro, en los palacios, hasta en la casa del emperador.

La persecución ordenada por Nerón en el año 64 condujo al martirio a una gran cantidad de cristianos. Fue una dura prueba para la joven Iglesia de Roma, que desde ese momento tuvo que afrontar además una terrible campaña de calumnias y desprestigio entre el vulgo. Los cristianos eran calificados de ateos –se negaban a dar culto al emperador–, peligrosos para la unidad del Imperio y enemigos del género humano; y se les atribuían las peores atrocidades: infanticidios, antropofagia y desórdenes morales de todo tipo. Tertuliano (160-220) lo describía así: “No hay calamidad pública ni males que sufra el pueblo de que no tengan la culpa los cristianos. Si el Tíber crece y se sale de madre, si el Nilo no crece y no riega los campos, si el cielo no da lluvia, si tiembla la tierra, si hay hambre, si hay peste, un mismo grito enseguida resuena: ¡los cristianos a las fieras!” 1.

Hasta el 313, año en que se alcanzó la paz con el Edicto de Milán, la Iglesia vivió perseguida. Es cierto que estas persecuciones no tuvieron siempre la misma intensidad y que, quitando algunos periodos concretos, los cristianos hacían vida normal; pero el riesgo de encontrar el martirio siempre estaba presente: bastaba la acusación de un enemigo para que se diera inicio a un proceso. Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical que implicaba la búsqueda de la santidad y la profesión de la fe, llegando –si fuera necesario– a la entrega de la propia vida. El martirio era considerado entre los fieles un privilegio y una gracia de Dios: una posibilidad de identificarse plenamente con Cristo en el momento de la muerte. Junto a esto, la conciencia de la propia debilidad les llevaba a implorar la ayuda del Señor para saber abrazarlo, si se presentaba la ocasión, y a venerar como modelos a los que habían alcanzado la palma del martirio. Es fácil imaginar cómo emocionaría a la comunidad cristiana de Roma oír los detalles de la muerte santa de sus hermanos en la fe. Estos relatos eran a un tiempo consuelo y fortaleza para los creyentes, y semilla para nuevas conversiones. Las reliquias de los mártires se recogían y sepultaban con devoción, y a partir de ese momento se acudía a ellos como intercesores.

Desde muy antiguo, la ley romana establecía que las necrópolis –ciudades de los muertos, en griego– debían situarse fuera de las murallas de la ciudad. “Al hombre muerto ni se le sepultará ni se le quemará en la Urbe” 2. Los romanos solían incinerar los cuerpos de los difuntos, pero también existían algunas familias que tenían por costumbre enterrar a los seres queridos en campos de su propiedad, costumbre que se fue imponiendo posteriormente por influencia del cristianismo.

Al principio no había separación, y se enterraba juntos a fieles y paganos. A partir del siglo II, gracias a las donaciones de algunos cristianos de buena posición social, la Iglesia comenzó a tener sus propias necrópolis, a las que los fieles comenzaron a llamar cementerios –coimeteria, del griego koimáo, dormir–: lugares donde los cuerpos reposan en espera de la resurrección. Así fueron surgiendo las catacumbas cristianas, que no eran –como a veces se piensa– escondrijos o sitios de reunión para las celebraciones litúrgicas, sino lugares de sepultura donde se custodiaban los restos mortales de los hermanos en la fe. Originariamente, el término catacumba hacía referencia a la zona de la vía Apia que se encuentra entre la tumba de Cecilia Metella y la ciudad de Roma. Con el tiempo, pasó de ser un toponímico a designar en general el cementerio cristiano bajo tierra. En los primeros siglos fueron enterrados en ellas muchos mártires y, junto con las tumbas de San Pedro y San Pablo, las catacumbas pasaron a ser lugares de memoria y veneración muy queridos para los cristianos de Roma. ¡Cuántas veces, en los momentos difíciles, se escaparían a implorar la ayuda de Dios por intercesión de aquellos que habían proclamado el Evangelio con su sangre! Movidos por la devoción, era normal que los fieles quisiesen ser sepultados y esperar la resurrección en compañía de los demás miembros de la comunidad cristiana y, si era posible, cerca de algún Apóstol o de algún mártir.

En la vía Apia
Las Catacumbas de San Calixto se encuentran a la salida de Roma por la vía Apia. En el siglo II, comenzó a utilizarse la zona como lugar de enterramiento, y algunos de sus propietarios, indudablemente cristianos, facilitaron que fuesen enterrados allí otros hermanos en la fe. Por esta época recibió sepultura la joven mártir Cecilia, cuya memoria fue muy venerada desde el momento de su muerte. Perteneciente a una familia patricia, Cecilia se convierte al cristianismo en su juventud. Se casa con Valeriano, a quien también acerca a la fe, y los dos deciden vivir virginalmente. Poco después, Valeriano –que se ocupaba de recoger y sepultar los restos de los mártires– es descubierto y decapitado. Cecilia también es delatada ante las autoridades. Intentan asfixiarla en las calderas de su casa y, tras salir ilesa, es condenada a muerte por decapitación. La ley romana contemplaba que el verdugo podía dar tres golpes con la espada. Cecilia los recibe, pero no muere inmediatamente. Tendida en el suelo, antes de exhalar el último suspiro, tuvo fuerzas para extender tres dedos de la mano derecha y uno de la izquierda, testimoniando hasta el final su fe en el Dios Uno y Trino. Cuando siglos más tarde, en 1599, se inspeccionaron sus reliquias, el cuerpo incorrupto de Santa Cecilia se encontraba aún en esa posición. Maderno la inmortalizó en una escultura que hoy se encuentra en la iglesia de Santa Cecilia en el Trastevere –su antigua casa, donde reposan desde el siglo IX los restos de la santa– y de la que hay una copia en las Catacumbas de San Calixto, en el lugar donde fue inicialmente sepultada.

En el siglo III, el cementerio es donado al Papa Ceferino (199-217), que confía su gestión al diácono Calixto. Nace así el primer cementerio propiedad de la Iglesia de Roma, que un siglo más tarde custodiará ya los restos mortales de dieciséis papas, casi todos mártires. Calixto trabajó al frente de las catacumbas casi veinte años, antes de convertirse en el sucesor del Papa Ceferino como cabeza visible de la Iglesia. Durante ese tiempo, amplió y mejoró la disposición de las áreas principales del cementerio: en especial, la Cripta de los Papas y la Cripta de Santa Cecilia.

Cripta de Santa Cecilia

Cripta de Santa Cecilia

Otro mártir que con su testimonio conmovió a la comunidad cristiana es San Tarsicio. En el siglo IV, San Dámaso Papa grabó sobre su sepulcro la fecha exacta en que recibió el martirio: el 15 de agosto del año 257, durante la persecución de Valeriano. Tarsicio era un adolescente que ayudaba como acólito a repartir la Comunión entre los cristianos presos en las cárceles. Aquel 15 de agosto fue descubierto, apresado y amenazado para que entregara las Sagradas Formas. Tarsicio se negó, y prefirió morir lapidado a permitir la profanación del Cuerpo de Cristo.

Con la paz de Constantino, las catacumbas continúan siendo lugares de sepultura, y también se convierten en meta de peregrinación. Sin embargo, en el siglo V, tras el saqueo de Roma llevado a cabo por Alarico, aumenta la inseguridad en el exterior de las murallas de la ciudad y serán cada vez menos frecuentadas. En el siglo IX, se decide llevar los huesos de los santos a las iglesias que están dentro de la ciudad; y durante la Edad Media las catacumbas van cayendo progresivamente en el olvido: nadie acude a esos lugares y en muchos casos se pierde la memoria de su ubicación.

Aunque el interés por las catacumbas renace a partir del siglo XV, habrá que esperar hasta el XIX para que vuelvan a ser valoradas como lugar santo y tesoro de la cristiandad. Giovanni Battista De Rossi, fundador de la arqueología cristiana moderna y redescubridor de las Catacumbas de San Calixto, cuenta en sus memorias cómo convenció a Pío IX para visitar las excavaciones. Cuando llegaron a la Cripta de los Papas, De Rossi le explicó las inscripciones y le mostró la lápida que San Dámaso hizo colocar en el siglo IV con los nombres de los sucesores de Pedro martirizados y allí sepultados. Fue entonces cuando Pío IX tomó conciencia de dónde se encontraba. Con los ojos brillantes por la emoción, se arrodilló y estuvo un rato absorto en oración. Era la primera vez, después de casi mil años, que un Papa volvía a poner los pies en este lugar santificado por la sangre de los mártires.

4 de julio de 1946
Al poco de llegar a Roma, san Josemaría comentó su deseo de ir a rezar a las catacumbas. “¿Veis que no estamos solos?”, decía a sus hijos durante el encierro en la Legación de Honduras, años antes. “Como los primeros fieles en la quietud de las catacumbas romanas, podemos clamar: “Dominus illuminatio mea et salus mea, quem timebo?” (Sal 26,1); el Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Sólo así podemos explicarnos las hazañas, verdaderamente recias, que llevaron a cabo aquellos primeros cristianos. Con una confianza segura en la ayuda de Dios, sin hacer cosas raras, entraron en todas partes: en el foro, en los palacios, hasta en la casa del emperador”3.

El 4 de julio de 1946 san Josemaría fue a primera hora de la mañana a las Catacumbas de San Calixto. El fundador del Opus Dei celebró la Santa Misa en la Cripta de los Papas, y don Álvaro del Portillo en la de Santa Cecilia. Después visitaron las Catacumbas de San Sebastián y los primitivos sepulcros de los Apóstoles.

Sepulcro del Siglo IV

Sepulcro del Siglo IV

Desde los comienzos de la Obra, a san Josemaría le gustaba citar a los primeros cristianos como modelo y ejemplo para explicar la vida de los fieles del Opus Dei. No en vano, los calificaba como “predecesores nuestros, en el viejo y novísimo apostolado de la Obra”4. Se calcula que el número de sepulturas cristianas en las catacumbas de San Calixto ronda las quinientas mil. La mayor parte son tumbas sencillas, con algún simple grabado para distinguirlas. A partir del siglo IV –acabada la persecución–, se hacen más frecuentes las inscripciones en las lápidas. Junto al nombre, como para señalar un elemento característico de la vida de esa persona, se solía indicar la profesión. Allí había panaderos, carpinteros, sastres, pintores, maestros, médicos, abogados, funcionarios del Estado, soldados…; un claro reflejo de la variedad de oficios de los cristianos, que –como dice San Agustín– mezclados entre los demás hombres corrientes, hacían la vida de todos, pero animados “por una fe distinta, una esperanza distinta y un amor distinto”5. ¡Cómo disfrutaría san Josemaría pensando en aquellos predecesores en la fe que buscaban la santidad en medio del mundo, al tiempo que eran fermento en la masa de la sociedad! El amor y la veneración que sentía hacia ellos, le llevaba a ponerles muchas veces como ejemplo en su predicación: “no tengo otra receta para ser eficaz que la que tenían los primeros cristianos. No hay otra, mis hijos”6.

A lo largo de su vida, el Fundador del Opus Dei se refirió en numerosas ocasiones a pinturas o grabados presentes en las catacumbas para ilustrar temas como el amor a la Virgen, la fraternidad, o la unidad con el Papa, que ya testimoniaban gráficamente los fieles de los primeros siglos. No obstante, si hubiese que destacar una imagen de los primeros cristianos que le enamorara especialmente, seguramente habría que hablar del Buen Pastor.

En el cuarto de trabajo de san Josemaría en Villa Tevere se puso una lápida de travertino con una reproducción del Buen Pastor que se encuentra en las catacumbas, y estos versos de Juan del Enzina: “tan buen ganadico, / y más en tal valle, / placer es guardalle. / Y tengo jurado / de nunca dejalle, / mas siempre guardalle”. “Desde el primer día, desde aquel 2 de octubre de 1928, siento el impulso divino, paterno y materno, hacia vosotros y hacia vuestras vidas. Nada de ninguno de vosotros me es extraño, ni de esos miles de hijas e hijos míos que no conozco” 7.

Le gustaba hablar del Buen Pastor para fomentar nuestra preocupación apostólica por todas las almas: “Señor, tengo un puñal clavado en el corazón: la necesidad de ayudarlos. Ve Tú mismo detrás de ellos, Buen Pastor, y cárgalos sobre tus hombros; que se reproduzca aquella figura amabilísima que contemplamos en las catacumbas. Cuando el pastor encuentra la oveja que había perdido, la pone sobre sus hombros gozoso, y, al llegar a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió (Lc 15, 5-6)”8.

Durante su vida, el fundador del Opus Dei no sólo habló del Buen Pastor; también luchó por serlo, encarnando esas palabras que Cristo pronuncia en el Evangelio: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por sus ovejas” 9. Como ha testimoniado el Prelado del Opus Dei, san Josemaría “meditó durante toda su vida las escenas evangélicas del Buen Pastor. Amaba muchísimo esa alegoría y estaba dispuesto a conocer a las ovejas una a una; a dar la vida por ellas; a llevarles a los mejores pastos; y a no dejar de atender a la que se hubiera perdido o detenido en el camino”10.

A la entrada de las Catacumbas de San Calixto, antes de descender las escaleras que llevan a la Cripta de los Papas, se puede ver una imagen del Buen Pastor, copia de la original del siglo IV que ahora se encuentra en el Museo Vaticano. También hay una igual en Villa Tevere, cerca de la Iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, donde reposan los restos de san Josemaría. Al verla, son innumerables los recuerdos que evoca: Jesucristo, los primeros cristianos, el Papa, todas las almas…”¡Con qué ternura hablaba Cristo, Señor Nuestro, del Buen Pastor! ¡Cómo lo describe! Nos dice que las ovejas seguían al pastor, y le querían, y se sabían bien cuidadas…” 11.

Fuente: http://www.es.josemariaescriva.info/articulo/las-catacumbas-de-san-calixto

SAN CALIXTO, PAPA, MÁRTIR 14 OCTUBRE

Calixto es un nombre que en griego quiere decir: “muy hermoso”.

Este Pontífice se ha hecho famoso por Las Catacumbas de San Calixto, en Roma, que él organizó (catacumba significa: cueva subterránea). Estas catacumbas son las más famosas de Roma (según decía Juan XXIII). Tienen 4 pisos sobrepuestos, y más de 20 kilómetros de corredores. Allí se encuentran el famoso sepulcro de Santa Cecilia y los sepulcros de muchísimos mártires de los primeros siglos.

Dicen que era un esclavo que un tiempo estuvo condenado a trabajos forzados en las minas. Recobrada la libertad se dedicó a estudiar la religión de Cristo y a enseñarla a sus vecinos. El Papa San Ceferino lo nombró como su hombre de confianza en el año 199 y le encomendó la dirección de las Catacumbas donde sepultaban a los cristianos. Calixto ensanchó notablemente estas catacumbas y las organizó muy bien.

Al morir San Ceferino, el pueblo de Roma eligió como Sumo Pontífice a Calixto, como el mejor preparado para ello. Pero se le opuso terriblemente un tal Hipólito, aduciendo como razones para pedir que lo destituyeran del Pontificado, el que Calixto afirmaba que si un pecador hacía penitencias y dejaba sus maldades se le podía volver a admitir entre los fieles cristianos católicos, y que a un obispo no se le podía destituir por un grave pecado que hubiera cometido, si se arrepentía y empezaba una vida de conversión y penitencia. Calixto sabía ser comprensivo.

Este Santo Pontífice convirtió a muchos romanos al cristianismo, curó a varios enfermos que padecían de enfermedades muy graves, y defendió cuanto más pudo a los creyentes perseguidos.

Nuestro santo ayunaba días y semanas y hasta 40 días seguidos. Cuando los perseguidores lo llevaron preso por proclamar su fe en Jesucristo, lo echaron a un oscuro calabozo, esperando que se desesperaría por hambre. Pero después de unos días lo encontraron muy tranquilo. Le preguntaron cómo lograba mantenerse sereno sin comer ni beber y les dijo: “Acostumbré a mi cuerpo a pasar días y semanas sin comer ni beber, y esto por amor a mi amigo Jesucristo, así que ya soy capaz de resistir sin desesperarme”.

En la cárcel consiguió con sus oraciones la sanación de la esposa del carcelero cuando ya la pobre mujer estaba agonizando. En acción de gracias, el carcelero y toda su familia se hicieron bautizar por él.

Entonces el jefe pagano de Roma ordenó que lo echaran en un pozo profundo y que cubrieran la boca del pozo con tierra y escombros. Todavía en Roma señalan a los turistas el pozo de San Calixto, desde donde su alma voló al cielo a recibir el premio prometido por Cristo Jesús a los que lo proclaman en la tierra.

Fuente: https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Calixto.htm